jueves, 21 de agosto de 2014

PANADEROS DE MEMBRILLA


Panaderos
Recuerdo el pan moreno de las Chuscarrinas como una
pérdida irreparable de mi infancia.
Algunas veces de paso a un dispensario de pan lo busco y

no encuentro su textura ni su sabor.
Como la magdalena de Marcel Proust ese pan amasado

por manos primorosas en la calle del Molino de Membrilla frente a la casa de Jerónima o “Jeromica de Mirabajo”, una de las pocas casas que todavía conservan el magro y el blanco, sólo pertenece a la memoria de los que ya hemos o van a traspasar el medio siglo de vida. A las amables hermanas Joaquina y María Alfonsa vaya desde aquí mi recuerdo y mi homenaje.
Como en la película de Agustín Díaz Yanes Nadie hablará de vosotras cuando hayáis muerto. A ellas y Manuel “Cacheras”, a Juan Antonio “Rojas”, los panaderos de mi infancia.
A Miguel Sánchez “Tronzos” toda una vida madrugando con Mateo, Juan Contreras “el Tábano”, que se estableció en la Solana y se instaló en una cooperativa, más actuales, o a toda una Institución como los abuelos Victoria y Mateo Blanco que hasta el apellido concuerda con el pan, siempre tan severo, a su hijo Alfonso Blanco y Teresa Arias que apenas les dio el sol, o a mis viejos vecinos y nietos Mateo y Pocho Blanco Arias, más dicharacheros que el abuelo, que siguen la herencia al pie de la letra como si el tiempo se hubiera detenido.
O a los panaderos oficiales de mi familia porque eran de mis abuelos paternos: José y Ana María: “Bulle” y “Jeromito”, este último acaba de cerrar su panadería y con ella un manantial de vida y fuente de riqueza real. Contaba mi madre que en el año del hambre 1940 el único panadero que le fió pan a mi abuela paterna fue Jeromito de ahí que la Salvaora siempre le fuera fiel hasta al final de sus días y Antonio que lamentablemente también nos dejó más solos le llevaba el pan puntualmente gritándole con su potente voz de barítono...Te-re-saaaaaaaa.
Y a todos los demás panaderos; los primeros de la mañana, veladores de las primeras luces del alba, de cuyo nombre no logro acordarme.
Los cocederos constituyen en invierno los lugares más acogedores que conozco con su calorcito placentero mientras que en verano la calor es espantosa.
A él me dirigí una mañana de octubre a finales de los 70. Ramón “el confitero” vende pan en Consolación y yo empezaba a trabajar como camarero en el bar Manolo. Me fui con él muchas veces hacia el Pueblo Nuevo.
Ramón es sin duda el más guasón de los panaderos que conozco siempre de buen humor y tan vital. No he de olvidar a la Vito, Victoria Blanco Arias es de las pocas mujeres que siguen a pie de calle siempre tan cordial y correcta como buena vendedora y a su joven marido Antonio Andújar, “Fruto” al que compro la rosca de Mateo a media mañana con el ensordecedor pitido de la furgo o al desapare- cido pan de Ventura en la que todavía me parece ver por la calle del Papa cargada al hombro de una cesta de pan recién horneado a Polo o a Pilar.
Espejismos, ironías del progreso, en la gran mayoría de centros comerciales sólo venden pan congelado 

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