miércoles, 30 de julio de 2014

LOS LLANOS CIUDAD DE TEMPOREROS

Los árboles que rodean la estrecha carretera que desemboca en Llanos del Caudillo son, en el mes de julio, un espejismo de sombra que sirve como prólogo a una localidad castigada con dureza por el sol. Pasan unos minutos del mediodía y las calles están desiertas, apenas hay unas figuras buscando la sombra de los árboles de la plaza. La actividad, en realidad, está en el campo, a kilómetros del municipio, donde centenares de trabajadores, locales y temporeros, se emplean en la campaña agrícola del melón, algo que sucede año tras año. Esta vez, una pelea entre integrantes de dos familias rumanas puso el acento en la localidad, y Llanos del Caudillo ha ocupado titulares a raíz de la denuncia de su alcalde, Santiago Sánchez, de la situación de «inseguridad» que provoca la llegada de alrededor de 300 temporeros a un municipio que apenas supera los 700 habitantes. Han sido muchos los que han hablado estos días de los temporeros. La Tribuna ha hablado con ellos.
Es jueves. Un día antes, la Inspección de Trabajo peinó el pueblo y sometió a 'examen' a 14 agricultores. No encontró ninguna irregularidad. La inspección se produjo horas después de que el sindicato Comisiones Obreras elevara una denuncia en la que hablaba de temporeros «hacinados» y empleados «sin contrato de trabajo, por 15 o 20 euros al día». Los propios temporeros lo niegan con una reflexión tajante. «Si de verdad nos pagaran 15 o 20 euros al día, no iríamos a trabajar, porque con eso no sacamos nada para nuestras familias», asegura Mario, descamisado, junto a la valla que circunda la nave en la que se han establecido cuatro o cinco familias llegadas desde Rumanía para trabajar en el campo. «Vengo todos los años», subraya, «si no me pagaran bien no vendría». ¿Cuánto? «Cincuenta euros al día».
Esta semana mucha gente ha hablado de Llanos del Caudillo, pero en este municipio son muy pocos los que hablan. En la plaza hay un grupo de temporeros descansando a la sombra, pero tardan poco en dispersarse cuando ven la cámara de fotos. Tapar el objetivo y encender un cigarrillo hace que se relaje la resistencia, pero no en exceso. «Nada de fotos», dicen, mientras relatan su situación. «Tengo un hijo en Granada y no quiero que me vea», explica uno de ellos justo antes de asegurar que lleva muchos años en el pueblo. «La pelea del otro día fue algo aislado, no suele pasar», subrayan.

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